En 1955, Vladimir Nabokok inauguraba uno de los capítulos de Lolita (d)escribiendo que “Humbert era perfectamente capaz de tener relaciones con Eva; pero suspiraba por Lilith”. A través de esta breve referencia, los spankers podrían identificarse en su búsqueda de compañera de juegos, sólo comparable a la incansable búsqueda del Santo Grial. Al igual que el sincero Humbert, creo que todos los spankomanos - más allá del espacio y del tiempo -se han hecho la misma pregunta: ¿cómo se puede reconocer a una spankee?
Obviamente no todas las mujeres son spankees -de lo contrario, los lobos cazadores habrían enloquecido hace mucho tiempo-, encontrar y reconocer una ninfa que ostente tal título es una tarea ingrata, pero necesaria. Curiosamente, sí pedimos a un hombre cualquiera que elija a la mujer más bonita de una fotografía de un grupo de amigas no siempre podrá señalar a la spankee. El número de las verdaderas spankees es bastante inferior al de las jóvenes provisionalmente bellas y agradables o tan sólo bonitas y atractivas, pero de piel fría y lastimosamente comunes. Para poder reconocer los signos inefables de la mujer-spankee hay que ser un poco artista y un poco extravagante, un ser infinitamente melancólico y romántico y con un ardiente veneno en las entrañas. Sólo el ojo entrenado del solitario aficionado a los azotes puede reconocer a su par en el diseño felino de una caminata, la delicadeza aterciopelada de una espalda, la sonrisa sinvergüenza y sobre todo la palabra trasgresora e insolente. Sólo el spanker puede situarse frente a una ninfa- spankee en medio del mar de mujeres esencialmente terrenales, sólo el puede discriminar la bandera desafiante de las indiferentes, elegir el color en un conjunto de mujeres blanco y negro.
Cuando el spanker reconoce a su spankee, se reconoce a sí mismo, sólo en el opuesto se puede hallar el complemento, sólo frente al espejo, Alicia se reencuentra con su fantástico poder. Así, con una mujer recostada sobre el regazo de hombre, un sonido seco y continuo, unos gemidos y unas cuantas lágrimas el círculo está al fin completo.
Lucrecia Borgia











